La palabra castellana espíritu, procede del latín “spiritus”-
del verbo “spiro”- que significa “aire”, “aliento”, “respiración”,
“soplo”, y por extensión “vida”.
Es el equivalente al griego “pneuma”: el aire, soplo o energía
que anima la materia. El aire es el símbolo sensible de
la Energía invisible. En el Antiguo Testamento el espíritu
expresa la fuerza vital del individuo
1. En el Nuevo Testamento el Espíritu Santo es Aquel
en el que todo es, pués llena el orbe de la tierra.
Significativamente en oriente, la palabra “atmán” también
se refiere, inicialmente, al “aliento”, al “principio vital”
que mantiene al individuo; como en el alemán actual “atmen”,
“respiración”, “respirar”.
Anthony de Mello en su libro Sadhana 2
habla de “Dios en la respiración; sintiendo que el aire
que respiras está cargado del poder y la presencia de Dios.....
sintiendo que cada vez que respiras estas sostenido por
el poder y la presencia de Dios”. Decía este jesuita que
“la respiración de una persona es su vida; cuando una persona
ha muerto, Dios le ha retirado su aliento.”
Por lo tanto si no hay espíritu, hálito, no hay vida. Por
eso la vida, ese tiempo que media entre que nacemos y morimos
y en el que crecemos y nos renovamos está sostenida por
el espíritu.
Si con algo tiene que ver pues el espíritu, es con la vida.
Y desde esa perspectiva, “espíritu = vida”, quiero enfocar
este trabajo. Como una defensa, respeto y dignificación
de la vida; tal y como fue entendida desde los tiempos más
remotos.
1 Jue, 15, 19
2 A. de Mello. Sadhana. Ed. Sal Terrae. Santander.
27 edición.
II Espiritualidad, vida y naturaleza
“El
cielo y la tierra tienen la misma raíz que mi propio yo
y todas las cosas son una sola conmigo”. (Sêng Chao. Maestro
del Budismo Mahâyâna. Siglo V)
La siguiente pregunta que me gustaría plantear es ¿Cómo
vivir entonces la vida plenamente? ¿Cómo estar llenos de
espíritu? Es evidente que la vida, inserta en la inmensidad
del Cosmos, en la inconmensurabilidad del Ser, tiene un
componente de misterio y enigma que nos trasciende y al
que las distintas religiones y filosofías han tratado de
dar un sentido y una satisfactoria explicación.
Actualmente
está de moda la teoría Gaia que nos presenta la tierra como
un inmenso organismo vivo que se autorregula; pero la idea
no es nueva ni mucho menos. Hoy, se ha puesto de moda, por
la urgencia del grave problema que representa la anómala
relación del hombre con la Naturaleza y la imperiosa necesidad
de rescatar la dignidad de esa tierra de la que formamos
parte. Este saqueo, explotación, deterioro y falta de respeto
que tienen nuestras sociedades por la naturaleza, por la
vida, incluidos los seres humanos, es algo relativamente
reciente, ya que en épocas pretéritas el ser humano era
muy respetuoso con el orden y equilibrio que debía mantenerse
con la Naturaleza, plenamente conscientes de esa esencia,
en la que todos nos hallamos interrelacionados.
Un
concepto que define bien esta idea, es el de Rtá 3
que pese a pertenecer con diversos nombres, a la tradición
indoeuropea,4 figura bien expresado
en el Rgveda.
Rtá
era el orden cósmico total, la ley que todo lo abarca, un
orden que debe ser protegido ya que su equilibrio garantiza
la buena marcha de todo. Lo “correcto”, lo “apropiado”.Esta
ley debía ser cumplida por todas las criaturas. Se trata
pués de un concepto que se aplica en el Rgvedaal Universo y a todos los seres que forman parte de él.
Este
orden se manifestaría en todos los fenómenos naturales,
como la secuencia de los doce meses del año, las estaciones
o la acción ética de los individuos. Gracias a este movimiento
ordenado, toda la naturaleza funciona en armonía, como corresponde.
Con bastante seguridad influyó en el posterior concepto
de dhárma 5 = principio o esencia que mantiene algo según su propia naturaleza;
y por extensión: justicia, rectitud, virtud, moral, deber.
En el Rgveda se habla de que estas leyes o
reglas de Rtá las obedecen los hombres y los
dioses.6 Es una ley “eterna”,
“sagrada”; porque curiosamente, para “las personas que
se unen a Rtá las cosas le son propicias”. “Quienes
siguen, se unen y observan Rtá son sabios y justos. Los
vientos soplan suavidad y los ríos hacen surgir dulzura
para los seguidores de este orden o armonía cósmica”. En
época de las Upanisáds se habla de “la ley inmutable que
subsiste a través de los cambios”.
Este
concepto de naturaleza sagrada, es decir merecedora de un
especial respeto, lo hallamos en todas las religiones y
filosofías. Lao Tsé decía: “Toma el camino correcto
y las cosas serán espontáneamente naturales” 7.
Es decir, que los taoístas contemplan el hombre y la tierra
como organismos vivos, cada uno reflejo del otro y gobernados
ambos por las mismas leyes. El taoísmo nos habla de la alternancia
de los opuestos (Ying/Yang) y de la armonía y equilibrio
de estos. La buena sociedad es la que acepta y se rige por
estas reglas cósmicas.
Los taoístas chinos, en particular, han conservado intacto
un cierto sentido del lugar sagrado, al mantener esa actitud
reverente hacía el paisaje y hacía la tierra madre en general.
En la cultura china “lo más natural es lo más espiritual”.
Para el Budismo el amor y la compasión hacía todos los seres
es una constante de su ideario medioambiental. La cosmología
budista Mahayana explica claramente como la evolución
del mundo está intrínsecamente relacionada con la conducta
ética de los individuos.
Zen
y Yoga comparten esa conciencia de la Unidad Cósmica. En
el hinduismo, el Vâstu Sastrá 8
sostiene que puesto que el ser humano es cósmico, todo acerca
de la vida individual debería estar en completa armonía
con el Universo.
También
las creencias primitivas africanas parten de la consideración
del ser humano integrado dentro de la Naturaleza, formando
una perfecta comunidad con la misma; para estas, la Naturaleza
está dotada de un alma propia y el hombre se considera un
elemento más del conjunto.
En el mundo griego clásico, hombre y Naturaleza son parte
de un orden más grande: el cosmos. Para el hombre
griego comprender la naturaleza era comprender, en primer
lugar, la armonía de todo.
Wakan Tanka representaba para los indios norteamericanos
el gran espíritu, permanente y estable.
La geomancia y el Feng Shui trataban de la determinación
de las influencias que permiten al hombre vivir en armonía
con su marco natural.
En la cultura cristiana se da el principio teológico firme
de que la Naturaleza es buena y sus leyes esenciales participan
de la naturaleza creadora divina. La naturaleza y el hombre
participan del acto amoroso de creación de Dios. Dios ha
creado, por Bondad e Inteligencia todo lo existente. “Tota
natura comparatur Deo” (S. Th. I,II g 1 a 2,c)
Igualmente tanto el Judaísmo, como el Islam insisten en
la Naturaleza como creación de Dios y en la necesidad de
su respeto. En la Sura 22:18 del Corán se habla de
la Leyes de la Naturaleza hechas por el creador y basadas
en el concepto de la absoluta continuidad de la existencia;
si se rompen esas leyes, se recibe el castigo.
Y
aunque, como hemos visto, para casi todas las sociedades
preindustriales la Naturaleza era algo sagrado, ya que en
ella se intuía la “esencia del ser”, trascendente que subyace
tras las apariencias formales,9impregnando
la totalidad de las cosas; los estudiosos de lo sagrado
siempre se han referido a determinados lugares concretos,
que representan mejor que otros, la oportunidad de revelarnos
esa esencia misteriosa.
Hay
una reacción común del espíritu humano ante determinados
lugares naturales, cualitativamente diferentes a otros,
son lugares singulares o privilegiados por algún elemento
natural, o también por un hecho o un suceso histórico, que
les transfiere la cualidad de excepcionales o únicos – como
por ejemplo las montañas de Montserrat-.
Esa
“diferencia” de un lugar “especial”o “singular” con respecto
al lugar “habitual” conocido y cotidiano es lo que le transfiere
“asombro”, “temor”, “arrobamiento”o “reverencia”. Estos
lugares pasan a ser “puertas”, “signos”, “símbolos” o “señales”
de esa dimensión desconocida y trascendente que en ocasiones
nos ofrece la Naturaleza.
Y
lo que me parece más importante, el hombre no elige un lugar
sagrado, se limita a “descubrirlo”, se le “revela” por algo
“distinto”.
Mircea
Eliade (1907-1986) definió el hecho sagrado como la
experiencia psíquica individual que produce en la persona,
la revelación de una fuerza en la naturaleza o en un ser.
Toda la naturaleza es capaz de revelarse como una sacralidad
cósmica. Para Berger el hecho sagrado es aquella cualidad
de poder misterioso e inspirador de temor, externo a las
personas, pero que aún así tiene que ver con ellas y que
se cree reside en determinados objetos de la experiencia.
En
muchos de estos lugares, que como veremos más adelante,
comparten características geográficas concretas, independientemente
de la cultura que los determina, el chamán, el hechicero,
el místico, yogui, contemplativo o sacerdote, encuentran
los elementos necesarios – silencio, belleza, ritmo, elevación,
retiro, contemplación etc. – que le facilitarán su peculiar
vivencia de la “realidad” o “esencia” que subyace tras la
apariencia fenoménica del universo.
Estos
lugares pasarán a ser en muchas ocasiones, un referente
para la comunidad o las culturas subsiguientes. Noolvidemos
que el templo, santuario, monasterio o asrama crece, en
la mayoría de ocasiones, donde ya existía un espacio sagrado
natural. 10
Hoy,
en todo el mundo, los lugares sagrados están en peligro.
Están a punto de ser convertidos en yacimientos mineros,
rutas, barrios privados,
playas de estacionamiento, parques de diversiones, centrales
eléctricas y sitios turísticos. La civilización actual tiende
a ver a los lugares sagrados como restos de un pasado primitivo,
a lo sumo pintoresco, pero en última instancia un obstáculo
al progreso económico.
Todas las religiones tienen sus orígenes en revelaciones
o inspiraciones recibidas en lugares con cualidades especiales.
Quienes entran en un espacio sagrado y pueden percibir ese
espíritu del lugar, lo experimentan de distintas maneras:
ya como una curación, como una transformación interna, iluminación,
o como una sensación especial de poder o conexión con la
naturaleza. Y no deberíamos insistir más: el hombre superior
de todos los países y de todos los tiempos ama la naturaleza.
Y encuentra, en determinados lugares, la posibilidad de
experimentar, con especial intensidad, el misterio y trascendencia
que subyace en ella. Pero cuando los valores económicos
desplazan a los espirituales, se pierde el respeto por lo
misterioso y trascendente, porque se menosprecia su importancia
para la vida.
Teilhard de Chardin decía en uno de sus escritos: “me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad
de lo Real”…… “Vivo en el seno de un Elemento único, Centro
y detalle de todo, Amor personal y Potencia cósmica”.
3 Hanna I. Ch. de Chelmicki: “Concepto de Rtá en el Rgveda”
Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, nº
4 Págs. 25-56. 1999 4 Compárese con el asa iranio
y el sustantivo griego areté: correcto, ordenado.
5 Rtásya dharman: “de acuerdo al orden establecido
por Rtá”.
6 Rtásya vrata: “los caminos de la sagrada ley”.
7 Lao Tsé. Wen Tzu, 11
8 Tratados sobre el lugar donde se ha de vivir.
9 La etimología del término latino “sacrum”
proviene de la raíz indoeuropea *Sak = real, realidad;
en relación con el verbo “sancire”. Y algo es real
en la medida en que se conecta con su fundamento originario.
Similar al griego Arke, principio esencial constituyente
de todo lo que existe.
10 Como tantos lugares paganos célticos de Europa, transformados
en lugares de devoción o peregrinaje por la iglesia católica
cuando inició su expansión social de dominio.
III
Lugares de transformación
Tradicionalmente,
esos lugares de fuerza, en donde la vida y la naturaleza
se expresan de forma impresionante, y que han acompañado
al ser humano en su proceso de transformación podemos resumirlos
en: la caverna, símbolo por excelencia de
la interiorización, y su extensión la celda; el agua,
símbolo de la purificación y el conocimiento y su extensión
en las fuentes, ríos y lagos; el bosque, símbolo
de la vida y su extensión en el árbol; la montaña,
símbolo de la elevación espiritual y su extensión en el
templo, Y finalmente el desierto símbolo del
Absoluto; coincidiendo todos ellos en el “desapego” y “fuga
mundi” necesarios para ese proceso de transformación
y evolución personal que siempre es individual e intransferible.
Caverna
o celda, manantial, río o lago, bosque o árbol, montaña,
roca, templo o desierto; todos representan el lugar de paso,
el aislamiento y la interiorización necesaria para trascender
la individualidad y ponerse al servicio de los demás.
“Vive
en lugares apartados y procura por todos los medios la tranquilidad
de la mente”; dice el Nirvâna Kanda del Yoga Vashishta. “Huye de la gente – escribe San
Bernardo en Occidente – huye también de tus familiares,
aléjate de los amigos más íntimos.... El que desea oír la
voz de Dios que se retire a la soledad..... Esta voz no
resuena en las plazas.... Un consejo secreto, requiere una
escucha secreta..... Dios no conversa con los que permanecen
fuera de si mismos”.
Precisamente
uno de los estadios de la vida hindú o asrama es
el de Vanaprastha (literalmente, ermitaño)
que se da cuando el padre de familia, comienza a ver arrugas
en su piel, canas en su cabeza y al hijo de su hijo, señal
de que debe retirarse al bosque o a la montaña para continuar
la senda de la perfección.
Aunque
incluso en ese tema hay excepciones como el radicalismo
itinerante de los sadhús y sanyâsas hindúes
tan populares, que prefieren andar de un lugar a otro, mendigando
su sustento y disponiendo de su tiempo como mejor les parece.
Veamos a continuación algunos de esos lugares, tradicionalmente
facilitadores de la experiencia espiritual; chamánica, extática,
mística, transformadora, en definitiva, de la persona.
La
caverna:
Independientemente del receptáculo de energías telúricas
o ctónicas que representa, como si fuera un gran condensador
de energía; simboliza el proceso de aislamiento e interiorización
necesario para que el individuo pueda llegar a ser él mismo
y alcanzar la madurez; trascender a un plano superior.
La
iniciación producida por el proceso de muerte (aislamiento)
y re-nacimiento, siendo, es, en ese sentido, arquetipo de
la matriz. La gruta representa pues un pasaje de tránsito
desde el mundo subterráneo y primitivo hacía la luz de la
iluminación. En una caverna, según la tradición nacen Jesús y Lao Tsé. El culto a Mitra se celebraba en
cuevas bajo tierra. De acuerdo a la mitología china, los
seres celestiales descienden en las cavernas.
La
celda del ermitaño o del monje, se considera, por extensión,
una forma de caverna. Filón de Alejandría nos habla
de los anacoretas 11 y terapeutas
esenios, numerosos en Egipto, que vivían en “monasteria”
12, casitas o cabañas individuales, algunas sin ventana
y rodeadas de un muro; muy parecidas a las matha, barracas
o celdas de los ascetas y yoguis hindúes, llamadas también Kutir.
El
agua:
Todos
sabemos, que sin el agua no es posible la vida. De ahí que
en muchísimas tradiciones la hallemos como el origen de
la vida: “todo era agua” dicen los textos hinduistas; “las vastas aguas no tenían orillas” nos señala el
taoísmo, “el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas”,
leemos en el libro del Génesis. La noción de las
aguas primordiales es prácticamente universal.
Pero el agua también lava todo, se lleva y quita lo sucio,
arrastra la inmundicia, aporta transparencia y claridad;
de ahí su simbolismo como regeneración y purificación de
faltas, manchas o pecados en distintos rituales mágicos,
iniciáticos y religiosos: inmersiones, bautismos, abluciones
-como las del Ganges- , aspersiones, etc.
Como
lugares espirituales o sagrados los puntos de agua desempeñan
un papel incomparable. La sacralización de los manantiales,
de los ríos, de los lagos es también una constante de las
culturas. En las culturas célticas las aguas eran el lugar
de tránsito hacía el más allá; en la India multitud de templos,
lugares de ascetas, yoguis y destino de peregrinaciones
se hallan en la confluencia de ríos o en lagos de montaña,
como el Manasarovar.
El
agua, por su claridad es el símbolo del conocimiento que
conduce a la perfección para los taoístas, a la sabiduría
en las Upanisáds. No tiene oposición, es libre y
sin ataduras, fluye siguiendo las circunstancias del terreno.
El
bosque:
El
bosque es menos fluido que el agua, menos oscuro que la
gruta, menos árido que el desierto, pero es un lugar cerrado,
silencioso, lleno de verdor y vida, lleno de espíritu; es
el hábitat natural inicial.
El Dhammapada budista comenta: “Los bosques son benignos
cuando el mundo no entra allí; en ellos el santo halla su
reposo”.
En la India, yoguis y ascetas se retiran al bosque. Encontramos
toda una corriente literaria espiritual bajo el nombre de aranyakas o libros de la selva.
Los
bosques, siempre tocados por el misterio, representaron,
para los antiguos pueblos de Europa, una clara manifestación
de lo sagrado, y, así, fueron, antes de cualquier edificación,
sus primeros santuarios. Estos espacios solemnes, recogidos,
umbríos y silenciosos, donde la vida parece no agotarse
nunca, llaman a la fascinación de lo arcano, al recuerdo
del caos original y, si no al miedo, al menos a un prudente
respeto frente a lo que el ser humano no puede dominar,
a veces, ni tan siquiera comprender. Buen ejemplo de ello
son el bosque de Dodona en Grecia (donde se situaba
el, probablemente, más antiguo de los oráculos de Zeus)
o el de Broceliande en tierras celtas (hoy Bretaña
francesa), un santuario en estado natural, silvestre, que
guardó los últimos secretos de Merlín y Viviana y donde la Dama del Lago crió a Lanzarote.
En
la gran epopeya hindú del Mahâbârata los hermanos Pandava no se internan solos en el bosque de Kayaka,
sino que lo hacen acompañados de brahmanes. Resulta curioso
constatar que las altas florestas que verdean en el Mahâbârata están tan pobladas por santos brahmanes como las de Bretaña
por santos eremitas.
San
Bernardo decía: “Los bosques te enseñarán más que los
libros. Los árboles y las rocas te enseñarán cosas que no
aprenderás de los maestros de la ciencia”. Los ermitaños
medievales son una buena prueba de esta predilección por
el bosque que permite el sostenimiento frugal de la vida
para el desarrollo de la vía mística o contemplativa.
Una
extensión del bosque es el árbol que participa de los tres
niveles del cosmos: subterráneo (raíces); superficie de
la tierra (tronco) y cielo o altura (copa).
El
árbol, especialmente el de hoja caduca, ejemplifica magistralmente
el ciclo de la perpetua regeneración de la vida.
Tradicionalmente ha sido morada de los dioses. Y especialmente
de la diosa.
Dios se aparece a Abraham en las encinas de Mambré (Gen. 18.1). El fresno está consagrado a Yggdrasil en
la mitología escandinava.
El cedro-nogal de Artemisa de Éfeso. El pino de Atis.
El olivo de Atenea. El ashvattha o higuera
sagrada de los hindúes. El árbol de la vida del génesis.
El árbol Boddhi bajo el que Buda encontró
la iluminación, etc. En muchas leyendas los árboles son
portadores de frutas que dan o prolongan la vida. Son conocidos
en el Hesycasmo 13 cristiano
algunos dendritas o ascetas que habitaban en los
troncos de árboles. Asimismo no es infrecuente encontrar
renunciantes hindúes en pequeños reductos a modo de troncos
ahuecados convertidos en lugar sagrado y reverenciado.
Un
autor anónimo dijo: “Con los primeros árboles derribados
comenzó la civilización y con los últimos árboles derribados,
la civilización terminará”.
El desierto:
Es
la gran escuela de lo Absoluto, imagen del desapego, austeridad
suprema, el vacío exterior; las escasas referencias del
desierto lo convierten en el lug ar de prueba 14
en donde el ser humano se enfrenta a sí mismo en
toda su desnudez. Es la “esencia” más allá de las formas.
La prueba intermedia de soledad total – no está el bosque
acogedor, ni el agua vivificante, ni la cueva protectora
– es el yo frente a la inmensidad, como en el océano. Y
en esa inmensa soledad y vacío es donde se hacen más presentes
los conflictos interiores, las pasiones de la mente, los
miedos, las fuerzas oscuras y ocultas que operan en cada
persona. No es casualidad que en desierto surjan los espíritus
malignos 15, lo más negativo
de la persona.
Prueba
intermedia de soledad y purificación temporal antes del
contacto y la enseñanza a los demás. Aquí se hace patente
el viejo lema en su máxima expresión: “vence quién se vence”.
Lugar
propicio, tradicionalmente, para las revelaciones personales
(Moisés, David, Juan Bautista, Jesús, Buda, Confucio, Mahoma)
que se dan en el alejamiento interior.
Pero
también lugar necesario de aislamiento. Tenemos infinidad
de ejemplos en el Nuevo Testamento en que Jesús se retira
“a un lugar desierto” 16 o
lleva a sus discípulos “a un lugar despoblado” 17
La
montaña:
La
montaña es también otro centro de aislamiento y meditación,
opuesto, generalmente, al llano donde habitan los humanos.
La ascensión a la montaña es el símbolo de la fuerza y la
superación personal; el despegue de la esfera cotidiana
y la elevación hacía el cielo Absoluto. Es el progreso hacía
el conocimiento de sí mismo. Pero la montaña también puede
revelarnos la idea de una “existencia absoluta” y “permanente”,
más allá del espacio limitado y corto del tiempo humano.
Inmortalidad, estabilidad, permanencia.
Este
símbolo cósmico, encuentro entre cielo y tierra, presente
prácticamente en todos los pueblos y culturas, es uno de
los lugares espirituales mas frecuentado a donde se retiran
ascetas y místicos y en donde se realizan acciones de gran
significado, es donde se produce el encuentro con la divinidad
que está en “lo alto” y actúa “desde lo alto”. De alguna
manera la lejanía e inaccesibilidad del cielo, simboliza
la trascendencia. Conviene recordar que la palabra española
“altar” viene del latín “altare”: lugar
o cima elevada de los sacrificios.
Sería interminable la relación de montañas con un contenido
espiritual o religioso evidente: El monte Meru y Kailash en la India; el monte Sinaí, el Fujiyama en Japón – cuya ascensión requiere una purificación ritual-.
El Olimpo griego, el Kilimanjaro en África.
El monte Tabor, el monte de los Olivos, el Gólgota, etc. por poner sólo unos pocos ejemplos
bien conocidos. Para los africanos las montañas son frecuentadas
por espíritus y fuerzas ocultas.
Las montañas son queridas a los dioses: Shiva por
ejemplo, entre cuyos epítetos está el de Girischa o señor de la montaña. Parvati otra diosa hindú vinculada
a la montaña. Cibeles en Occidente, etc.
Los hititas tenían curiosas representaciones del
dios o espíritu de la montaña.
Hay
santuarios famosos en todas las culturas y religiones asociados
a las montañas: El Potala tibetano; el monte Athos griego, Machu Pichu en Perú. El mismo Montserrat donde nos encontramos; que siguen perdurando en nuestro
tiempo. Algunos autores se refieren a determinadas montañas
artificiales como los Zigurat mesopotámicos, las
pirámides egipcias y mayas. Incluso el templo es considerado
una prolongación o extensión de la montaña.
11 Del griego “anachoresis”: separación, retiro.
12 Del griego “monos”: uno sólo.
13 Del griego hesychia: tranquilidad, paz.
14 Os. 2.14. Mateo 4, 1 y ss.
15 Mateo 12.43
16 Marcos. 1, 35-46. Lucas 4,42.
17 Marcos. 6,31,32,35
IV El lugar para la práctica del Yoga en Oriente
Dejando
de lado las generalidades que hemos ido presentando a través
de las diferentes culturas y religiones vamos a centrarnos
en el detalle y las características concretas que debe reunir
un lugar para la práctica del yoga y por extensión para
las prácticas meditativas o contemplativas según algunas
tradiciones de Oriente y Occidente; que como veremos, aúnan
y conjugan diversos elementos de los que hemos tratado anteriormente.
En
Oriente y concretamente en la India existe una poderosa
corriente ascético-yóguica, que está más allá de toda filiación
concreta y que se remonta sin duda a un sustrato chamánico
de tiempos arcaicos.
Diversos textos clásicos de India nos hablan de las características
que debe poseer el lugar para la práctica yóguica, y que,
escuetamente podrían resumirse en aquella frase del Yoga
Vâsishtha que recomienda al yogui que “viva en lugares
apartados y procure, por todos los medios la pacificación
de su mente” (Nirvana Kanda).
Ahora
bien, bajando al detalle, encontramos algunas sugerencias
básicas, tanto en diversos Upanisads como en la Bhagavad
Gîtâ, el Gheranda Samhita o el Hatha Yoga Pradîpikâ que
resumimos brevemente y en donde es fácil apreciar influencias
cruzadas y copiadas entre los diversos textos.
La
región o el país donde practicar:
“Una región donde impere la justicia, la paz y la prosperidad”
(H. Y. P. I-12)
“Un
buen país, con un gobernante justo, donde la comida se consiga
con facilidad y no haya disturbios” (G. S. V-5)
“No debe ser un país distante porque se pierde la fe”…..”Pero
sí un lugar apartado” (G. S. V, 4-7).
El
paraje debe ser:
“Llano y puro, libre de piedras, fuego y arena, que por
los rumores del agua y estanques, sea favorable a la mente,
que no irrite la vista y protegido del viento por alguna
gruta” (Svetasvatara Up. II-10).
“Un lugar retirado, en soledad” (B. G. VI, 10-14).
“Libre
de piedras, agua y fuego” (H. Y. P. I)
“La
zona no debe ser alejada, ni en un bosque, ni en medio de
una ciudad o multitud, ya que en estos casos no se obtiene
éxito.
En un bosque se está indefenso, en medio de una aglomeración
expuesto a la curiosidad general. Hay que evitar estos lugares”
(G. S. V, 3-4).
El
edificio para la práctica:
Así lo describe el (H. Y. P. I-13)
“Se debe practicar Hatha Yoga en una pequeña y solitaria
ermita (matha o Kutir), debe tener una pequeña puerta, “que
sea estanca” matiza el Yoga Tattwa Upanisad, y carecer de
ventanas. El exterior debe ser agradable con una entrada
(manpada) una plataforma elevada y un pozo de agua; el conjunto
debe estar rodeado de un muro. El piso ha de estar nivelado,
sin hoyos, sin ser demasiado alto ni demasiado bajo y ha
de conservarse muy limpio y libre de insectos. Estas son
las características de la ermita descritas por los Siddha
del Hatha Yoga.” El (G. S. V-5) por su parte comenta: “debe
construirse una cabaña pequeña, protegida por muros a su
alrededor; en medio del recinto se perforará un pozo y se
cavará una cisterna. El lugar no será ni muy elevado ni
muy bajo, permaneciendo libre de insectos (parece ser que
el tema de los insectos en la India era un auténtico obstáculo
para la meditación). El edificio se recubrirá completamente
con estiércol de vaca” (es un buen aislante térmico y además
insonoriza). El Yoga Tattwa Upanisad matiza además que “hay
que barrerlo bien todos los días, perfumar con buenos olores
y quemar incienso”.
Respecto
al asiento para la práctica:
La
mayoría de los textos recomiendan que esté confeccionado
con hierba Kusa (una gramínea sagrada de hojas fuertes que
se utiliza en ceremonias religiosas – Poa Cynosuroide-,
una piel de antílope o tigre y una manta o tela, una sobre
la otra” o bien “directamente sobre la tierra con la cara
girada al Norte o al Este”, detalle, este último, que sólo
especifica el (G. S. 5-33)
Únicamente el Yoga Dársana Upanisad comenta que el yogui
“debe instalarse en un ashram (monasterio) situado en un
lugar agradable, en lo alto de una colina o a orillas de
un río o en un bosque”.
En
ese lugar como dice la (B. G. VI, 10-14) el yogui ha de
practicar con constancia para equilibrar su mente, con el
pensamiento y el cuerpo controlados, sin esperar nada, sin
ambicionar nada……… Con la mente centrada en el Ser, como
meta suprema, se quedará en contemplación”.
V
El lugar para la meditación y la contemplación en Occidente
En
Occidente y para no extendernos más, una figura recoje básicamente,
la idea del lugar adecuado para la contemplación y el crecimiento
espiritual: el ermitaño y posteriormente el monje.
El
movimiento de estos ascetas 18
solitarios se puede remontar a los hesycastas del Sinaí
y Constantinopla, así como los primeros ermitaños de Egipto,
cuya tendencia inicial es identificar las condiciones externas
con su reflejo en la mente. Básicamente, estos ermitaños
tenían como programa de vida:
- La
soledad o huída del mundo.
- El
silencio que conduce el alma a los estados místicos
- La
eliminación de todos los pensamientos que pueden
perturbar la tranquilidad del alma.
Conocemos
un famoso texto de los hesycastas sobre la “Sobriedad
y guarda del corazón” 19
que dice: “Siéntate en una celda tranquila, en algún
rincón remoto y haz lo que te diga: cierra la puerta, eleva
el espíritu por encima de cualquier objeto vano y temporal.
Luego apoya la barba en el pecho, dirige la mirada del ojo
corporal con toda tu mente a la parte media del vientre,
es decir al ombligo, retén la respiración del aire que pasa
por la nariz, de manera que no espires con facilidad y busca
mentalmente dentro de tus vísceras para encontrar allí el
lugar del corazón……… porque fue dicho: siéntate en tu celda
y esta te lo enseñará todo”.
Ya
en la Edad Media, surgen por toda Europa, potentes movimientos
ascéticos y contemplativos, que nos hablan del entorno adecuado
para vivir la vida monástica, con reglas muy precisas.
San
Benito (480-543) que inspirándose en las celdas solitarias
construidas en el desierto de Palestina por los ermitaños.
San Bruno (1030-1101) y la idea de la cartuja.
San Bernardo de Claraval (1090-1153)
Un
ermitaño muy conocido en nuestro entorno cultural fue Ramón
LLull, de quién su mujer Blanca de Picany decía que “su
marido se había hecho tan contemplativo que no se ocupa
de la administración de sus bienes temporales que se están
perdiendo y destruyendo.”
Ramón
Llull, muy influido por ese gran eco-místico occidental
que fue San Francisco de Asís y por los sufíes árabes; en
una de sus obras más conocidas: “Blanquerna”, nos
ofrece un trasunto autobiográfico de la estancia de su autor
en el delicioso paraje de Miramar en la costa norte
de Mallorca; en donde fundó un colegio de lenguas orientales
y de la vida eremítica que llevaba. Me parece, especialmente
interesante la inmersión contemplativa en la naturaleza
del lugar para llegar a su elevación espiritual: “Se
levantaba a medianoche para contemplar en los astros del
cielo a su Amado y en Él se recreaba al amanecer, dilatando
la vista por montes y llanuras. Y por la mañana cultivando
su huerto y por la tarde meditando al son de la susurrante
fuente….”
18 El verbo askeîn y el sustantivo askeis significan
“ejercicio” y por extensión cualquier práctica, tanto
física como psicológico-moral. Aunque me parece importante
señalar que la ascesis nunca es un fin en sí misma, sino
que está al servicio de un objetivo a conseguir.
19 Atribuido, por error, a Simeón en nuevo teólogo, cuando
realmente su autor era Nicéforo, un monje calabrés del monte
Athos.
VI La espiritualidad y lugar de práctica yóguica hoy
Es
el momento de bajar al aquí y ahora, al marco social de
nuestras sociedades industriales en las que vivimos y en
donde la mayoría de las veces disponemos de un escaso margen
para elegir el lugar de la práctica yóguica, que de alguna
manera, nos viene impuesto a los profesores; me estoy refiriendo,
concretamente, a lugares como: Gimnasios, Aulas de tercera
edad, Casales culturales, etc.
Como
sugerencia básica, yo propondría, siempre que podamos, llevar
el yoga a la Naturaleza, en forma de encuentros, seminarios,
intensivos, etc., alejándolo de la contaminación pránica
y acústica de la mayoría de las grandes ciudades. El yoga
nación en la Naturaleza y en ella está su marco de referencia
esencial, aunque posteriormente los monjes la recluyeran
en ashrams y monasterios.
También hay que saber decir “NO” ante determinadas propuestas
y ofrecimientos para practicar yoga en lugares que por sus
propias características son del todo inapropiados. Ahí los
profesores tenemos una gran responsabilidad, ya que ceder
a estos requerimientos e no conceder al yoga la importancia
y seriedad que esta disciplina merece.
De
todas maneras las cosas nunca son totalmente blancas o negras,
frecuentemente nos movemos en una zona de tonos grises en
donde el lugar no es tan desastroso como para imposibilitar
la práctica, ni tan ideal que satisfaga todas nuestras exigencias.
La cuestión devendría entonces en ver que elementos pueden
ayudarnos a conseguir, que esos lugares, puedan mejorar
sustancialmente.
Todos estaríamos prácticamente de acuerdo en una serie de
elementos que sin duda, favorecerían el ambiente del lugar
de práctica: un cierto silencio, una iluminación atenuada,
un pequeño rincón en el que tengan cabida flores, piedras,
agua o tierra de algún lugar natural especial; la imagen
de un maestro o guía espiritual, velas, bastones aromáticos,
cuanto más naturales mejor, sin excesiva química, algún
pañuelo oriental, música agradable, etc. etc.
Pero todo eso, que indudablemente puede ayudarnos a crear
un clima propicio, no es lo fundamental. Tenemos que ser
conscientes de que cualquier lugar deviene en espiritual
cuando en este se mantiene la actitud personal o grupal
correcta: Amor, alegría, paciencia, bondad, generosidad,
humildad y dominio de sí mismo. Cuando se actúa siempre
en forma de que se creen nuevas posibilidades nos estamos
abriendo a la espiritualidad, a la vida. La verdadera espiritualidad
no es escapismo, no es altiva, no desprecia, ni perjudica
a nadie.
Y esto me lleva a retomar el discurso en donde lo inicié:
espiritualidad igual a vida plena. El auténtico lugar
espiritual se halla en el interior de cada uno y en la proyección
de sus actos de amor y compasión hacía los demás.
Por
que me parece fundamental recordar, que si bien es cierto,
que en ese proceso de crecimiento personal, es necesario
en ocasiones un cierto lugar “apartado del mundo”, el asceta,
el místico, el iluminado no renuncian, jamás, al amor y
la compasión en el mundo real, diario y cotidiano .
El Ashtávakra Gíta dice: “el iluminado no evita las muchedumbres
ni evita la selva. En todos los estados y lugares permanece
impasible” 20
Hoy
en día, los tiempos de silencio y contemplación corren el
riesgo de desaparecer, pero, si desaparecen, con ellos perderemos
una parte importante de nuestra humanización, de nuestra
espiritualidad. Nos perderemos a nosotros mismos en el frenesí
de estas sociedades depredadoras que proponen la actividad
productiva como meta última de la persona.
Como
dice José Mª Castillo en su recomendable libro “Espiritualidad
para insatisfechos” 21:“No
puede servirnos una espiritualidad que entre en conflicto
con lo auténticamente humano ya que vivimos las experiencias
espirituales en un cuerpo y en una sociedad”
Evidentemente,
se hace necesario y urgente reivindicar una espiritualidad
de la sostenibilidad planetaria y humana, más allá de las
tendencias concretas, sectarias o integristas; una espiritualidad
orientada a la plena existencia humana, en el mundo y con
los otros seres vivos. Una espiritualidad auténtica que
nos recuerdan las sencillas, profundas y universales palabras
de Albert Schweizer: “sólo soy vida, que vive
entre vida, que quiere vivir.”
Muchas
gracias por vuestra atención.
20 Cáp. XVIII. Vérs. 100.
21 José Mª Castillo. “Espiritualidad para insatisfechos”. Ed.
José Fco. Argente Sánchez
Formador
de Profesores de Yoga
A. E. P. Y. |